Estoy de acuerdo con lo que se dice, de que las escuelas son formadoras de los ciudadanos, y creo también que los buenos maestros son la inspiración de los niños a quienes enseñan. Aunque en la actualidad tristemente, se menosprecia la educación escolar y el trabajo de los maestros, todos tenemos ese maestro que admiramos, queremos y reconocemos.
Mis amigos de la primaria y yo tuvimos la grandísima suerte de haber sido alumnos de la maestra Loyda Juárez en segundo año el Colegio Juárez. Nuestra querida maestra enseñó por más de 40 años y ella nos cuenta que en la mañana enseñaba en el Colegio Juárez en donde nos dio clases, y en las tardes se iba a otra escuela. Y así por muchos años sostuvo 2 trabajos y enseñó a miles de niños.
Aquí en la foto de grupo del glorioso 2o. A

Lo que recuerdo muchísimo y que causó un gran impacto en mi educación, es que nos enseñaba con el corazón, aunque en ese momento ni cuenta nos dábamos. Creo que tanto mis amigos y compañeros de esa época y yo nos sentíamos felices de estar ahí. No era esa maestra “enojona” y estricta, sino todo lo contrario, era super paciente y amorosa. Y los sé porque ahora de adultos en las ocasiones en que nos hemos reunido, nos acordamos de todos los maestros de aquella época.
Ahora que soy maestra, he venido a recordar ese tiempo y reconozco que la maestra Loyda no solo se dedicó a enseñarnos las matemáticas o a mejorar nuestra lectura y escritura, sino que con su dedicación y cariño nos hizo sentir bienvenidos en su salón. Me acuerdo perfecto que uno de mis compañeros me dio un puñetazo que me terminó que tumbar los dientes de enfrente, nos estábamos peleando por el borrador del pizarrón, pero en cuanto llegó en la maestra Loyda y se dio cuenta del drama en que estaba con uno de mis dientes en la mano y la boca llena de sangre, me abrazo y me atendió sin regaños.
Está entre otras, es una de las escenas que tengo más presentes, así que siempre me sentí segura y protegida en su clase en segundo año. Y eso es exactamente lo que yo le ofrezco a mis estudiantes: antes de querer que quieran aprender, quiero que se sientan como yo me sentí en la clase de la maestra Loyda.

Aquí con la maestra Loyda, su hija Alfa y mi amiga de la infancia Mariana.
Hace unos años, tuvimos una reunión virtual con muchos de los compañeros y amigos del Colegio Juárez y ella fue nuestra invitada especial. Hoy tengo la suerte de tener contacto con ella y poder agradecerle la diferencia que hoy sé hizo en mi vida, pero sobre todo la influencia que ha tenido en la manera en la que yo veo a mis estudiantes hoy en día.
A sus 89 años recién cumplidos, ella sabe el amor y el agradecimiento que sus estudiantes le tenemos, y de la huella que ha dejado en cientos de generaciones a través de los años.
¡Gracias maestra Loyda! la queremos y la recordamos con mucho cariño hoy y siempre incluso… de este lado del muro.